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lunes, 05 octubre 2026 / Published in Historias, Noticias, Varios

De relatos, poder y legitimidad

Desde hace unos años venimos reflexionando sobre el relato. No es ningún secreto que ese fue el tema principal de la pasada edición de TOMA Teatro, ni tampoco que seguirá siendo uno de sus hilos conductores —lo que sí sigue siendo un secreto es cuándo volverá TOMA—. Mientras tanto, aquí va una nueva vuelta al relato: una invitación a reflexionar sobre las rimas de la Historia, el poder y la legitimidad.

Empecemos por las rimas. Últimamente se habla mucho de que la Historia no se repite, pero rima. Y si buscamos esas rimas, cuesta no encontrar ecos entre la ultraderecha actual —representada por tecnooligarcas y líderes supuestamente democráticos— y aquella poderosa alianza entre industria, poder económico y fascismo que tuvo uno de sus máximos exponentes en la Alemania de los años treinta.

Tal vez decir que la Historia rima y no se repite tenga que ver con los aceleradores. Hay movimientos políticos y económicos que parecen anticiparse: el crac de 1929 y la crisis de 2008, por ejemplo. O quizá tenga que ver con el contraste entre aquellos felices años 20 y nuestros actuales terribles años 20: pandemia, guerras, genocidios, crisis energética, emergencia climática…

O puede que, en realidad, tenga que ver con algo más sencillo y más poderoso: quién tiene la capacidad de construir y controlar el relato.

(C) Pexels – Wisam Alazawi

En un barrido básico por Wikipedia podemos encontrar que el concepto de felices años 20 se popularizó para describir un supuesto periodo de bienestar económico y prosperidad en distintas ciudades estadounidenses y europeas. Una época marcada por la aceleración de la modernidad: automóviles, cine, rascacielos, aviones, jazz, nuevas formas de consumo… Una descripción que, salvando las distancias, tiene ecos en nuestro presente: inteligencia artificial, drones, domótica, plataformas digitales y una creciente appización de la vida.

Pero hay una pregunta imprescindible: ¿para quién fueron felices los “happy twenties”?

No lo fueron para las clases trabajadoras que protagonizaron numerosas huelgas y conflictos laborales. Tampoco para las personas afroamericanas sometidas a la segregación y al racismo estructural en Estados Unidos. Y desde luego, tampoco podemos contar aquella prosperidad sin hablar de las desigualdades que quedaron al descubierto tras el crac de 1929 y de las consecuencias sociales que le siguieron.

Si el poder económico, político y social consiguió perpetuarse también a través de un relato que generalizaba su propia prosperidad y la presentaba como una experiencia compartida, quizá tengamos que preguntarnos por la legitimidad de ese relato. Y no solo para impugnar cómo contamos el pasado, sino para mirar desde ahí nuestro presente.

Un presente en el que los actuales discursos de odio, racistas y xenofobia están basados en bulos y desinformación con el objetivo de criminalizar la población migrante y promover un relato belicista de “invasores” que hay que expulsar. Un relato que, además de negar sus derechos y desviar el análisis de las causas reales de os problemas de la gente, se enfrenta diametralmente a cualquiera que pretenda colocar la universalidad de los derechos, la acogida y la humanidad en el centro del debate.

¿Quién está construyendo hoy el relato de la prosperidad? ¿Y quién queda fuera de él?

Mientras, en el Norte Global, se nos habla de crecimiento, innovación y oportunidades individuales y se nos propone también un imaginario muy concreto de éxito: ser propietarias de un piso céntrico que podamos alquilar a turistas; comprar una vivienda para alquilarla por habitaciones a estudiantes; vender una propiedad heredada entre varias personas a un fondo de inversión para “quitarnos de encima” a esa inquilina cuyo alquiler ya no nos resulta rentable.

Un relato en el que la vivienda deja de ser un derecho para convertirse en un activo. En el que la sanidad pública aparece como un gasto que hay que gestionar y no como un derecho que garantizar. En el que la educación se mide en términos de productividad y empleabilidad antes que como una herramienta para construir ciudadanía crítica y una sociedad más justa.

Y aquí aparece la pregunta que el Teatro de lxs Oprimidxs nos devuelve una y otra vez: ¿qué podemos hacer para cambiar este relato?

TOMA Teatro 2017 – Acción de calle

No hay, sin embargo, una respuesta única. De hecho, tenemos la certeza de que una respuesta verdaderamente transformadora no puede venir dada de antemano. Tendremos que construirla colectivamente, desde la interseccionalidad, desde nuestras necesidades y también desde nuestros deseos de cambio. Y tendremos que probarla, equivocarnos, volver a probar y organizarnos.

Quizá por eso sea tan importante salir del relato individual y volver a encontrarnos en lo colectivo: en el caso de la vivienda el Sindicato de Inquilinas junto con otros muchos colectivos lo tienen claro y ya lo están haciendo, obligando a partidos y otros agentes sociales a posicionarse en un marco de relato que viene desde la calle, que nace de la organización social y comunitaria y propone leyes (no decretos) que garanticen este derecho.

En las calles hay narrativas similares a las de las movilizaciones por una vivienda digna, por ejemplo por una sanidad pública que no se desmantele, o por una educación pública que garantice derechos y oportunidades. Estas no son únicamente reivindicaciones sectoriales. Porque nacen del diálogo con Regularización Ya, con los feminismos, con el antirracismo. Porque son nuestro relato: uno en el que podamos decidir qué tipo de sociedad queremos considerar deseable, qué entendemos por bienestar y, sobre todo, porque queremos que ese bienestar exista para todas las personas.

Manifestación por el derecho a una vivienda digna. Ourense.

Frente al relato que nos quiere consumidores, propietarios, competidores y responsables individuales de problemas que son colectivos, podemos construir otros relatos: relatos de apoyo mutuo, de derechos, de cuidados, de organización y de comunidad. Y para eso hace falta indignación, sí, pero también hace falta buscar espacios, encontrarnos, escucharnos, organizarnos y hacer públicamente visibles otras posibilidades: manifestándonos, acampando, elaborando ILP’s…

Porque el relato también se transforma cuando nos movilizamos. Porque movilizarse sirve. Porque cuando muchas personas nos juntamos para defender lo que creemos justo, no solo estamos reclamando una medida concreta: estamos ensayando otra forma de entender la sociedad.

Y quizá ahí esté una de las aportaciones más poderosas del Teatro de lxs Oprimidxs: no decirnos cuál es el mundo que tenemos que construir, sino crear espacios donde podamos imaginarlo, ensayarlo y empezar a transformarlo juntas.

¡Nos vemos en las plazas!

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Tagged under: Bajando al Sur, derechos humanos, Participación, Teatro de l@s Oprimid@s

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