El viejovencentrismo ya chochea

Los cuidados, el Teatro de las Oprimidas y las personas mayores

Uno de los dramas más grandes que esta enfermedad y cuarentena nos ha dejado es la cristalización de la cultura viejovencéntrica: una enfermedad que ataca con mayor fuerza y riesgo de mortalidad a las personas mayores de 70 años y una cuarentena que bloquea en espacios minúsculos a las personas menores incluso llegando a denominarlas “bombas” por ser transmisoras asintomáticas del virus, deja a la población “adulta” tomando las decisiones.

Por supuesto, esta realidad no es nueva y el sistema de producción capitalista actual parece solo interesado en el periodo productivo de las personas. Así, en un país en el que cada vez vivimos más y la pirámide demográfica se invierte, los cuidados a las personas mayores tienen una gran importancia, por desgracia, la importancia parece residir en el lado económico de los cuidados y no en las personas, como se ha podido comprobar en las varias residencias cuyos usuarios y usuarias quedaban abandonadas o morían sin ser retiradas de sus habitaciones.

Adulto jugando en la calle un día de mayo

Echando la mirada hacia atrás, observamos que desde los años 90 del siglo pasado comienza la proliferación de residencias de la tercera edad así como los centros de día, centros de mayores, tanto públicos como privados y otros negocios cuyos lemas guardan relación con la frase “cuidamos a nuestros mayores”. Una frase que sin duda hemos escuchado toda la vida en nuestras familias, y que hace que muchas veces los cuidados sigan realizándose en casa, generalmente de alguna de las hijas de esa “persona dependiente” que comúnmente no tiene o renuncia a un trabajo remunerado para ponerse cual vasallo medieval “al servicio de su señor o señora”.

Ya antes del coronavirus esta realidad de por sí muy compleja, era analizada con las herramientas de Teatro de las Oprimidas (TO) afrontando con diferente foco o diferentes “oprimidas” (generalmente olvidando a las personas mayores y también a las trabajadoras domésticas que ayudan o sustituyen a esa hija encargada de los cuidados) el hecho de los cuidados para movilizar una reflexión. Desde Bajando al Sur lo hemos visto en el Festival TOMA Teatro de la mano de compañías de Madrid o Sevilla y también en Festivales internacionales en Italia o India con similar enfoque en todos los casos, posiblemente porque en estas compañías predominaba la mirada “viejovencéntrica”.

No podemos negar que hay una clara opresión en el interior de la familia cuando los cuidados se realizan en casa y nos parece importante que se trate esa carga, que además es especialmente pesada por motivos de género, ya que las familiares responsables de los cuidados son las hijas, nueras o sobrinas de estas personas, que en las piezas representadas llegan a internalizar la opresión hasta el punto de no permitir a sus mayores ser atendidos o atendidas por ninguna otra persona (por muy experta en atención socio-sanitaria a mayores que sea).

Quizá el lado positivo de esa mirada inconformista haya motivado que la Fiscalía investigue varios centros de mayores de la Comunidad de Madrid, puesto que las denuncias de familiares indican una cantidad de negligencias inaceptable en estos tiempos (desde el abandono de pacientes a la falta de medios para prevenir o tratar posibles casos de Covid-19) en los que además son nuestras mayores las personas con mayor riesgo en caso de contagio. Negligencias, repetimos, que no son nuevas ni fruto de la crisis del coronavirus aunque sí hayan aumentado en este periodo.

Sin obviar la importancia de la toma de medidas en estos casos, nos parece interesante recuperar desde las herramientas del TO y la apuesta de Bajando al Sur por los cuidados una mirada que abra el panorama más aún y tome en consideración las dificultades de familias que no pueden permitirse una residencia o centro de mayores, las condiciones de riesgo en que viven, muchas veces internas, sin contrato ni papeles, numerosas pluriempleadas domésticas (encargadas de las tareas además del cuidado de las personas mayores) y por supuesto de nuestras mayores, a menudo silenciadas bajo expresiones tan viejovencéntricas como “ya chochea”, “eso que dice es del siglo pasado”, pero también atacadas estos días con otras como “que se mueran unos cuantos viejos no está mal, vivimos demasiado”.

Si algo hemos aprendido del TO es la importancia de que sean las propias oprimidas quienes tomen su voz desde su lugar, para no caer en el error de hacer Teatro “sobre” las oprimida o “para” las oprimidas desde nuestra perspectiva también viejovencéntrica. Así pues, piezas con la propia voz de nuestras mayores, así como las de las cuidadoras domésticas o empleadas de residencias (doblemente oprimidas en su condición mayoritaria de mujeres migrantes) son deseables también para hacernos reflexionar sobre las alabanzas a la productividad de nuestra sociedad viejoven.

Creemos en la necesidad de transformación constante de la sociedad y para ello apostamos por situar los cuidados en el centro, no solo como motor económico, como últimamente se ha reivindicado, sino como motor humano, hacia un cambio que nos haga más conscientes de nuestras relaciones con el entorno y nos anime a honrar y reconocer a las personas mayores y a seguir transformando la sociedad con ellas.

Solo podemos pensar en un nuevo mundo libre de virus si lo tratamos colectivamente con las vitaminas del diálogo, la escucha mutua y la participación de todas las diversidades que enriquecen la sociedad. Con este tratamiento, disponible en todas las farmacias, tiendas, parques y plazas, aplanaremos la curva de la sociedad viejoven.

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